Puede que alguien más lo haya dicho hasta con idéntica sabiduría, pero no con tanta belleza como Antonio Machado, cuando disuelve estas palabras:
“Tarde tranquila, casi con placidez del alma,
Para ser joven, por haberlo sido.
Tener algunas alegrías…lejos,
Y poder dulcemente recordarlas.”
Y es que del único jardín del que no podemos ser arrojados es el del recuerdo y la memoria, porque podrán tener fin todas las alegrías, pero no la de la memoria, la única que nunca se acaba.
Al fin, aquello que más nos acerca a la felicidad es el amor, la confianza como una forma de fidelidad, la esperanza. Todo cosas gratuitas, como gratuita es la memoria, ese terreno recóndito y profundo, por ilimitado tan explotado por filósofos y poetas.
Compartir recuerdos es un regalo gozoso, una forma de permanecer juntos en ese paraíso que no tiene guardia que impida la entrada o nos obligue a la salida.
Es en ese lugar, donde el sueño o acaba siendo memoria y recuerdo o se queda en la puerta para ser nada.